Lo que me dijo Coco Chanel en una quote de Goodreads

La moda es el primer espacio habitable del ser humano. El más próximo. La escala espacial inmediata ocupada por el cuerpo. Es un “habitáculo” portable, de ahí su relación más cercana con la arquitectura.

Por Diana Cuevas.


Publicado hace 9 meses 1 semana



Mujeres del barroco vestían estampados adamascados y sus enormes vestidos se asemejaban a las estructuras de iglesias y casas de la época. Con la Bauhaus apareció la abstracción, se fueron las ornamentaciones, llegaron el plano y la semicircunferencia. Ahora, en cambio, la sencillez y pureza del material, la integración orgánica con el espacio y la belleza de lo efímero son premisas que podemos encontrar tanto en colecciones 2017 como en los últimos premios Pritzker.
Líneas, paletas de color y texturas en las prendas de algunos diseñadores japoneses como Yohji Yamamoto o Rei Kawakubo nos remiten a obras de arquitectos como Frank Gehry y al deconstructivismo de los edificios de Peter Eisenman. Las geometrías origámicas en los vestidos de Issey Miyake parecieran estar trazadas con la precisión de un plano arquitectónico.

Entre edificios que inspiran colecciones enteras y bañadores que parecen torres corporativas, la relación entre moda y arquitectura se ha estrechado en los últimos años, no solo por decisión de sus creadores sino de la sociedad misma. Lo «efímero» de la moda ha encontrado sus cimientos en la arquitectura contemporánea y viceversa; es así como encontramos cada vez mejores ejemplos de arquitectura portable y tendencias que giran en torno a basics.

Tres playeras del mismo color, dos pantalones, un par de tenis y vivir en una mochila…

Un concepto relativamente reciente a considerar en esta relación es la preocupación por el medio ambiente y con ello todo lo que siga al prefijo «eco». Aunque desde hace décadas se proponen edificios respetuosos con la naturaleza, los materiales y la propia construcción han evolucionado enormemente a consecuencia de este cambio en la conciencia ecológica de la sociedad. La permanencia dejó de ser un atributo necesario e incluso se invita a la impermanencia, a la transformación, a fluir con el tiempo, al deterioro y la mimetización con el entorno. Numerosos movimientos de recuperación del paisaje se integran a proyectos urbanos que dan pie a ciudades transitorias y cambiantes, efecto que influye directamente en el vestir de sus habitantes. «Efímero» y «temporal» son conceptos que dejan de formar parte de la cultura desechable en la moda y se apegan cada vez más a una integración armónica, a una concepción wabi-sabi.

Además de la inspiración y la relación contextual, ambas disciplinas han creado templos que se erigen sobre los paralelismos que existen entre ellas. Fondazione Prada fue ideada por Rem Koolhas, mientras que el edificio de la fundación Louis Vuitton fue diseñado por Gehry. Zaha Hadid estuvo encargada de materializar uno de los proyectos más ambiciosos de Karl Lagerfeld en los últimos años: Mobile Art, un pabellón nómada con obras de 15 artistas contemporáneos inspirados por bolsos Chanel. Peter Marino y Masamichi Katayama también figuran entre los grandes arquitectos que han diseñado espacios para grandes firmas de moda.

En contraparte, la lista de diseñadores seducidos por la arquitectura es aún mayor, pero para ejemplificar basta con recordar al desaparecido Alexander McQueen, que mientras vivió, creó auténticas obras de arte en forma de vestidos cuyos patrones en sí mismos podrían considerarse propuestas arquitectónicas.

Leí en algún blog que no podemos tener un armario repleto de piezas Comme des Garçons ni una ciudad llena de obras de Gehry. Quizás esta nueva relación entre moda y arquitectura involucra comunidad y adaptación, quizá solo es egoísta pero tolerante. Ambos lenguajes confluyen y se retroalimentan, juntos trazan aristas sociales donde el estilógrafo es la sociedad misma, acompañan y diversifican el mosaico multiforme que conforma una ciudad.

La moda es arquitectura, ya lo dijo Coco y yo le creo. Toca jugar con las proporciones.


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