La banda sonora del mañana.

El público se volvió más exigente en cuanto a los artistas que quería ver, y los inversionistas y promotores fueron más bondadosos.

Por Posh Editorial.


Publicado hace 3 meses 3 semanas



Hace apenas un par de años, México se volvió un escenario importantísimo para la realización de festivales de talla internacional. El público se volvió más exigente en cuanto a los artistas que quería ver, y los inversionistas y promotores fueron más bondadosos. Festivales como el Corona Capital que se lleva a cabo desde 2010 le cumplió el sueño y/o capricho a más de un chico «post-modernillo» incluyendo en el line-up a artistas que, apenas y reunían unas 80 personas en su país natal. Desde ese momento supimos que, musicalmente, México ya estaba en el mapa.

Personalmente, considero que la creación de festivales como este marcaron lo que sería el inicio de una evolución cultural y musical en nuestro país. Todos hablaban de lo increíble que sería la experiencia de recorrer el Autódromo Hermanos Rodriguez A PIE con tal de ir de un escenario a otro, para que a la hora de la hora terminaras de pleito con tus amigos porque resulta más fácil atravesar un camello por el ojo de una aguja que ponerte de acuerdo con tus amigos para decidir qué artistas ver (lo dice la Biblia). Llevarte los tenis más mugrosos que encontraras en tu closet pasó a ser tema única y exclusivamente del Vive Latino; la entrada al festival se volvió una alfombra roja para la «moda alternativa», esa donde entre más ridículo luzcas, mejor. El «rock en tu idioma» por fortuna de muchos, cada día quedaba más empolvado y menos gustado. El plot twist de la música «underground» estaba a la vuelta de la esquina, de «under» sólo le quedaba el nombre a The Velvet Underground y el talento nacional emergente con sonidos claramente influenciados por el indie más puro de Europa se hacía notar y escuchar (Qué dicha telonearle a una banda que ni los organizadores conocen, pero qué va, es un festival).

Posteriormente, en nuestro país se crearon festivales como Cerermonia, NRML, (se crearon, porque no los trajeron de otro lado como el supuesto Coachella que habrá en Guadalajara), y uno que otro más «underground» (sí, más) capaces de conmocionar las redes sociales y los perfiles de los melómanos que odian que les llamen melómanos (porque, pues, el chiste es odiar todo lo ya establecido). Una de las cosas más increíbles, maravillosas e importantes que le ha sucedido a la música en general; tener alcances tan desmedidos que hasta la tía que vive en Iowa indocumentada nos dice que asistirá ambos días del festival.

Los posters pegados en los postes de la luz por toda la ciudad ya eran cosa del pasado, el festival en sí se volvió una marca de la cual necesitas saber todo. Por ejemplo, a qué hora irá Damon Albarn al baño para correr detrás de él y postear tu foto en Facebook, saber si los vasos serán desechables o reciclables, porque es ofensivo ser un chavo moderno y no cuidar el medio ambiente. Y de pilón le llevamos un recuerdo a la mamá para que guarde los frijoles, aunque creo que incluir «food trucks» nos beneficia a todos; nadie pasa hambre, apoyas a los Pepe & Toño del país y le dan un toque «cool» al festival en sí, porque resulta impensable no contar con un spot ideal donde te puedas pelear con el novio al grado de soltar dos tres lágrimas ya caída la noche.

Más de veinte shares del flyer oficial de un festival en mi TL me indica que, en efecto, la gente se ha vuelto más exigente en lo que escucha, pero sobre todo en lo que quiere y a quienes ver y escuchar. Siempre es grato leer e intercambiar opiniones y quejas de los line-ups y horarios y ver cómo nada puede resultar más ofensivo que un «tienes gustos muy básicos», «qué chafa», «malditos organizadores, ¿por qué empataron el horario de Lana del Rey con Galantis» y la historia sin fin de «Por qué en México nunca podemos tener nada bonito»... porque claro, después de dos discos, artistas como Lana del Rey no son dignas de ser gozadas en festivales «mainstream» como el Corona Capital. festival “indigno” para todos los cazatalentos que escuchaban a los artistas antes de que sus mismísimos padres lo hicieran. Sin embargo, me resulta genial cómo crece la expectativa cada edición de los festivales. Un año sólo exigían cerveza helada y ahora resulta ofensivo pensar que no cuentan con un centro de carga porque, qué es eso de no decirle a gente a quien no le importo que ando acá, sin hacer transmisión en vivo (también es para todos mis amigos que están conmigo en el festival, pero no vaya ser.)

Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que la exigencia del público cada día irá en aumento en cuestión de servicios y tecnología hasta convertir los festivales en una experiencia futurística sensorial, donde la música únicamente pase a ser la banda sonora del futuro de todos los millenials. No es queja, sólo no puedo esperar a que pase.

Estamos en la época más trascendente hasta el momento, si de creación de contenidos hablamos; las personas nos hemos vuelto conejillos de india de la mercadotecnia y el mercado digital, la creación de herramientas visuales tales como el mapping, se han vuelto un must en cada live experience de la que formamos parte y, cada vez, resulta más fuerte el dolor de cabeza para los directores de arte decidir cómo es que van a tener entretenido al público cuando parece que mandar treinta snaps por minuto es lo único que mantiene a los jóvenes ocupados.

¿Realmente nos damos cuenta de todas las aplicaciones tecnológicas que, por inercia, somos testigos en los grandes festivales de música por los cuales hemos hasta empeñado el alma con tal de ir? Apps, mapas interactivos, alertas en nuestros celulares sobre a qué hora sale a tocar quién, pulseras inteligentes para evitarnos el uso de efectivo, iluminación inteligente, pantallas de led casi en 4k, 3D live experiences por si el calor de fluidos humanos no nos basta… ¿Qué sigue, qué nos hace falta? ¿Qué más seremos capaces de exigirle a la música con tal de satisfacer caprichos inhumanos y poder gozar al 100% cada acorde, grito, baile y riff que taladre nuestra cabeza?

Insisto en que me parece increíble la exigencia del público y que, por fin, veinte años después la presencia de Panteón Rococo nos resulte un insulto en cualquier festival. Me parece increíble la apertura musical y cultural que está viviendo nuestro país y el apogeo tecnológico del cual formamos parte diariamente, pero me resulta aún más increíble qué tan lejos hemos llegado como sociedad, y de qué manera tan grata hemos sabido recibir artistas extranjeros que un día soñamos con siquiera escuchar de lejos, y ahora a tres pasos de nosotros es posible verlos.

Si nunca has ido a un festival de música, te recomiendo lo hagas; es una experiencia tan ambivalentemente buena que querrás más y más, y también llegará ese día en el que, o te quejaras del line-up, o le venderás tu alma al diablo con tal de ir y poder hacer check-in en la carpa de activación de la bebida alcohólica top del momento.


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